lunes, 19 de abril de 2010

Capítulo 1: La mirada de Bayly

Si Perú es lógico, en un año más Jaime Bayly no tendría ninguna oportunidad. Pero el mundo, la política, cada vez está menos lógica.

Leo que Bayly está amenazado de muerte, según la Policía colombiana. Según dijo el escritor más temprano, el hombre detrás de la amenaza sería Hugo Chávez. Verdad o no, una estrategia contraria a la corriente habitual: esta vez, es otro el que pone a Chávez como referencia para ganar atención y cobertura. Y le resulta.

Recuerdo una noche perdida, hace dos años, en un hotel de Cuzco, donde prendí el televisor. Bayly estaba haciendo su programa de TV, casi un espacio de radio en que él es el único protagonista. Un reality en el que el productor y el protagonista es él mismo, algo que parece ser la tónica de su vida, según lo delatan sus columnas.

Su mirada era absolutamente transgresora. Pero, de ahí a ser Presidente...

La situación de Bayly es sólo el reflejo de algo más profundo, transversal y, en cierto punto, preocupante. Porque es el reflejo de esa extraña tendencia en que los líderes de nuestros destinos parecen elegidos por concursos de popularidad, simpatía y marketing.

Chávez, en 1998, llegó al poder con un discurso claro: desalojar a todos. Nadie mejor que él, que había protagonizado un frustrado golpe, para encarnarlo. Antes de él, en las antípodas ideológicas, figuras como Alberto Fujimori y Abdalá Bucaram habían adornado la naciente fauna democrática de nuestro continente.

Años después, fueron figuras como Evo Morales y Fernando Lugo los que tomaron la posta. Cada uno de ellos encarnaba un deseo de renovación, ese "que se vayan todos" coreado en Argentina para 2001 y que pasaba por dar opciones a aquellos que nunca la habían tenido.

Una plataforma similar a Marco Enríquez-Ominami. O Barack Obama. O Nick Clegg, aquel cuasi desconocido candidato británico que hace unos días saltó al primer lugar de las intenciones de voto tras robarse la película en el primer debate presidencial de la historia inglesa. Por qué no, también Michelle Bachelet y Joaquín Lavín. Y Ollanta Humala, en el propio Perú.

Da un poco lo mismo si se necesita o no: la gente quiere renovación. La renovación vende. Es un valor que, a igualdad de condiciones, se impone cada vez más en nuestro mundo.

Lo paradójico es que quienes la plantean deben, en muchas ocasiones, aprender sobre la marcha. Y la fórmula es rodearse de aquellas viejas glorias que supieron, de alguna manera, resolver previamente situaciones similares.

Por eso, no es de extrañarse si Bayly termina en Palacio Pizarro, o en una segunda vuelta, o robando votos clave a algún candidato peruano. Aunque parezca disparatado, su mensaje y su mirada van acorde a los tiempos.